“Me levanté con la energía que implicaba un nuevo día. El amanecer frío despejó del toda mi resaca y salí decidida a pasar una mañana en el monte. Escogí un sendero entre carballos. La hierba mostraba la helada en todo su esplendor. De niña había recorrido ese sendero cientos de tardes para ir a bañarme en la laguna de la cascada. Recuerdo que un día tropecé con una piedra del camino, era un canto rodado, lisa y no muy grande; sin embargo hizo que me torciese el tobillo y estuve mucho tiempo sin poder caminar.
Cuando me recuperé volví por el camino y me dediqué a recoger todas las piedras que me parecían interesantes, incluido el canto rodado que me hiciera caer. Lo consideré un recuerdo porque me había hecho crecer, reflexionar. Conseguí tantas que ya no cabían en la estantería de mi habitación y un día, mi madre me las tiró todas. Lloré tanto como el día que me había caído, supongo que más. ¡Qué recuerdos!
Estoy llegando al lago, ya veo el reflejo de las hojas onduladas en el agua. Solo estoy a unos pasos y puedo sentir el aroma de la mañana… Ahora que lo pienso… mi madre nunca me dijo dónde había tirado mis piedras, solo que las había devuelto a su lugar de origen.”
Y en ese momento, todo se volvió negro ante sus ojos. Había tropezado con una piedra, la misma con la se había caído años atrás, esta vez cayó en el lago. Se había mojado, y cabreada con el canto lo tiró al agua para no volver a saber de él. Sin embargo, se arrepintió de haberlo hecho en el momento en el que su mano perdió el contacto con la pequeña piedra.
Continuó yendo a caminar todos los días por el sendero del lago. Dicen que se sentaba en una roca y miraba al centro de la laguna esperando que el canto rodado resurgiese de las profundidades para que la hiciese crecer un poco más.
