Calidez infantil
Busqué la complicidad en sus ojos, un indicio que me marcase, una señal que me invitase a empezar. Los miré desde lejos. Dos sonrisas puras y dos tiernas miradas aportaban todo el calor necesario a esa fría noche. Lo sostenía en brazos cual diamante frágil. Sus brazos lo movían pausada y suavemente. En los ojos del pequeño rielaba la luna casi llena y una sombra con forma arbórea hacía de apoyo a su espalda. Tuve sensación de que el mundo se había parado. Esa escena hizo que el calor que había recorrido mi cuerpo días atrás se transformase en una calidez irrefrenable. Sentí deseos de participar en esa escena clara y sencilla. Soñé.
Soñé cuando no debí soñar. No debí romper el cristal que nos separaba. Quizás ahora fuese más feliz. O quizás ahora no soñase con volver a recogerme en esa calidez.

1 comentario:
ogallá poideramos soñar e que eses soños dependeran so de nos, sin que houbera alguén mñais disposto a estropealo, ou que ese outro tamen quixera loitar polo noso soño...
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